1 Un espejo del Gran Tamorlán: la imagen de Samarcanda en la Embajada
El texto de la Embajada a Tamorlán recoge el relato de una de las mayores empresas diplomáticas medievales entre los reinos europeos y los de Oriente. El libro deja constancia detallada de la misión, desarrollada entre el 21 de mayo de 1403 y el 24 de marzo de 1406, que envió el rey Enrique III para afianzar los contactos de Castilla con el Imperio mongol1. La misión tenÃa como destino final la capital del imperio, Samarcanda, donde iba a tener lugar el encuentro de los embajadores, encabezados por Ruy González de Clavijo, con Temur Bek, Timur Lang, Tamerlán, Tamorlán o âTamurbequeâ (como lo llama el redactor del texto). El objetivo era, como resulta obligatorio y habitual en toda embajada, establecer negociaciones comerciales, pero también â y de manera más urgente â polÃticas, puesto que era necesario controlar los avances del imperio turco, tratando de ejercer una presión de alianza conjunta desde los reinos occidentales y los de Medio Oriente.
La Embajada se inscribe dentro del género del libro o relato de viajes, que se caracteriza por la predominancia, dentro del itinerario de una persona o grupo, de un discurso descriptivo que se define retóricamente con los presupuestos de la evidentia formulados desde Quintiliano. La tensión narrativa se subordina, por tanto, a la descripción, pero el discurso descriptivo incluye múltiples modalidades: explicaciones geográficas, cronográficas, etnográficas, zoográficas, botánicas, descriptiones urbis, retratos, écfrasis, etc2. AsÃ, si nos limitamos solamente a la topografÃa y a la écfrasis, el relato de la Embajada a Tamorlán describe con gran pormenor las dos grandes urbes en las que más tiempo residieron los integrantes de esta. La primera estancia, de cinco meses (del 24 de octubre de 1403 al 20 de marzo de 1404), fue en Constantinopla3. La segunda, de diez semanas (del 8 de septiembre al 21 de noviembre de 1404), en Samarcanda4.
Si nos detenemos en la segunda, la Embajada resulta una de las principales fuentes primarias â la principal, entre las occidentales â de las que se pueden servir los historiadores de Oriente Medio para intentar reconstruir una imagen lo más fidedigna posible de lo que fue Samarcanda a principios del siglo XV. Además, mediante un relato documentado, detallado y cronológicamente ordenado, la Embajada traslada a Europa algunas de las historias, costumbres, ceremonias o ritos principales del pueblo mongol, y en especial del Emperador Tamorlán, sus familiares y su corte5.
Como dice Béguelin-Argimón, los embajadores consiguen vincular el espectacular espacio descrito con el poderÃo de su propietario, de manera que âSamarcanda es un espejo de Tamorlánâ6. Las cualidades del objeto son directamente proporcionales a las de su poseedor, y viceversa. En ese sentido, quien se deje trasportar por la veracidad y singularidad de las descripciones, habrá de identificarse y admirar necesariamente a quien las promueve. Sin embargo, asà como la prolongada parada en Constantinopla coincide en el texto con la descripción minuciosa, admirativa, pero distante, de sus principales monumentos, aderezada con notas etnográficas, leyendas o historias complementarias, en esta de Samarcanda el propio texto nos introduce en la vivencia de los sujetos de la narración, los embajadores, porque vamos a advertir su dramática tensión a la espera de que su misión culmine de una manera exitosa. Lamentablemente no fue asà y las pulsiones de la frustración, tras los denodados esfuerzos para que evitar el fracaso de la empresa, permean el relato.
El buen relato de viajes ha de buscar, a través del pacto implÃcito que se consensua con el receptor, un equilibrio entre la selección de elementos de descriptio y el avance dinámico del sujeto, individual o colectivo. Ese equilibrio no siempre fue fácil de lograr en el caso de la Embajada7. La faceta de la evidentia ha sido muy bien estudiada: las elogiosas descripciones de los magnÃficos monumentos de la capital timúrida (templos y palacios)8, las acciones emprendidas para su creación, mantenimiento o mejora9, asà como la descripción detallada de las actividades sociales mantenidas en palacio, fiestas básicamente, como vamos a ver10. Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre en Constantinopla, o en otros lugares, cuyos monumentos son frÃamente descritos en el relato, en este caso la descripción de edificios y costumbres se integrará dentro de una narrativa más dramática que busca la identificación con el lector, contagiándole la tensión de la prolongada estancia en la corte a la espera de respuesta diplomática, y que trastoca el orden de los elementos descritos. Ese relato algo más desordenado se vuelve en muchos sentidos más elocuente, porque abre al historiador a una visión más fiel y emotiva de lo que pudo significar para el occidental de principios del siglo XV la figura controvertida del Emperador Tamorlán.
Los orÃgenes y conquistas principales, hasta la más reciente sobre Bayaceto (Bayezid I), en Ankara (1402), son explicados coherentemente por el relator de la Embajada11. Se nos habla, como la historiografÃa hasta hoy, de un guerrero turcomongol, Tamorlán (1336â1405), conquistador en dos décadas de un imperio que llegarÃa a abarcar desde Moscú hasta Delhi, y desde la entrada a Catay (las montañas Tian), hasta Anatolia; un lÃder con una personalidad que, como ocurre con la de los mayores emperadores de la Antigüedad, fundÃa las dotes de mando y la brutalidad con la ambición, la inteligencia y la astucia12. PartÃa, al parecer, de prácticamente la nada, y asà lo dibuja la Embajada, como nacido en una familia de pastores de las estepas13. Sin embargo, cuando emprenda sus primeras campañas, contará ya con las estructuras organizativas del khanato consolidadas y con el firme sostén de creencias islámicas favorables14. Pero nos interesa, por encima de estos datos objetivos, perfectamente comprobables, captar lo que la Embajada pueda aportar de etopeya, de construcción de su faceta moral, de sus virtudes o vicios, de su carácter.
Aun siendo considerado uno de los mayores lÃderes militares de la historia, también fue notorio desde su tiempo que era de los más crueles. Lo que Jorge Luis Borges expresa, en su poema dedicado a âTamorlánâ, reconociendo su barbarie: âHe derrotado al griego y al egipcio, / he devastado las infatigables / leguas de Rusia con mis duros tártaros, / he elevado pirámides de cráneosâ (en El oro de los tigres, 1972), está basado en las lecciones anteriores de dramaturgos, como Christopher Marlowe (Tamburlaine the Great, 1527), músicos como Georg Friedrich Händel (en su ópera Tamerlano, 1724), o poetas anteriores, como Edgar Allan Poe (1827), pero es igualmente aceptado hoy por los historiadores: âoutside the khanate he used massacres and terror as policy, emulating earlier Persian and Indian rulers by building pyramids of skulls outside city gatesâ15.
En la Embajada, sin menoscabo del reconocimiento de la grandeza del Emperador, ya que esta va a repercutir en el sentido de su misión, las sensaciones de preocupación, opresión y hasta agotamiento por parte del relator (portavoz del colectivo) afloran en el transcurso de las últimas semanas de estancia en la capital. Los relatores castellanos pugnan por esconder emociones que podrÃan bascular entre el desconcierto y el abatimiento. Y esas emociones trasmiten también, sin duda, una imagen de sangrienta crueldad, que coincide con la que la mayorÃa de las fuentes adjudican a la personalidad del Gran Tamorlán.
Las alegres fiestas de Samarcanda, que inicialmente parecen descritas con el mismo curioso asombro y distanciamiento, y con la misma admiración â reveladora ante la âmaravillaâ singular, extraña y excepcional â con la que se describen los monumentos extraordinarios, presentadas en tan recurrente insistencia y abarcando un tiempo tan corto, al prodigarse en exceso, y al insistir el relato en las insoportables consumiciones de vino que acaban con la mayorÃa de los convidados ebrios hasta el desvanecimiento, se habrÃan de volver enojosas al ser escuchadas por unos receptores sensatos, es decir, por los cortesanos castellanos y por el propio rey Enrique III. La visión aséptica del poder del Emperador â ponderado objetivamente en otros momentos, al ser, pese a su vejez y enfermedad, el instigador y eje sobre el que giraban todos esos festejos â se va convirtiendo en crÃtica a una tiranÃa insoportable e injusta. La brutalidad de ese caudillo débil, pero cada vez más disoluto y salvaje, estarÃa detrás y serÃa la única justificación plausible para el más terrible error diplomático: la ausencia de respuesta a los pacientes embajadores.
2 El imposible encuentro: expectativas frustradas de los embajadores
Dos meses antes, sin embargo, todo hacÃa pensar lo contrario. Las expectativas eran, lógicamente, máximas. A su llegada a la corte, el 8 de septiembre de 1404, después de año y medio de viaje, los embajadores disfrutaban exultantes de una recepción ceremoniosa que describen con delectación. Es una verdadera quriltai (âasambleaâ) a la que habÃan sido invitados otros embajadores16. Tras asumir el ritual de las reverencias y genuflexiones, el Emperador recibÃa y saludaba a los embajadores efusivamente, exclamando, en la versión del relator: â¡Catad aquà estos embaxadores que me envÃa mi fijo, el rey dâEspaña, que es el mayor Rey que es en los francos que son en cabo del mundo, e son muy grand gente!â17. Y el mismo relator hacÃa contrastar, orgulloso, ese generoso y afable recibimiento a los suyos con la hostil acogida que el mismo Emperador hacÃa el embajador de Catay18.
Sin embargo, pasan casi dos meses y no hay ni un aviso ni un anuncio de contestación diplomática. Los intentos infructuosos son anotados puntualmente. El viernes, 31 de octubre, âlos dichos embajadores fueron ver al Señor segund les avÃa mandado, pensando que los librarÃa. E falláronlo en las casas e mezquitas que mandara fazer, en que agora labravanâ19. El relator nos ha hablado previamente a estas lÃneas, en efecto, de la construcción de una gran mezquita, âla más onrada que en la ciudat avÃaâ (la actual de Bibi Khanoum), en honor a la madre de su mujer principal, Saray Mulk Khanim (âCanoâ o âCañoâ, en el texto)20. Se trataba de una ocasión de oro para poder ser atendidos por el Emperador, ya que se encontraba en el exterior del palacio, mientras hacÃa seguimiento de las obras. Y por eso esperan toda la mañana: âE estidieron allà desde la mañana fasta ora de mediodÃa quâel Señor salió de una tienda e veno a un estrado que tenÃa puesto en la plaça; e traxieron mucha vianda e mucha frutaâ. Sin embargo, su espera fue en vano: âE desque ovieron comido envióles dezir que se fuesen ese dÃa, que le perdonasen, que les no podÃa fablar, que avÃa a desempachar un su nieto, Pir Mahomat, el cual se llamava rey de la India â¦â21. El sábado, 1 de noviembre, ocurre otro tanto. HabÃan sido citados, pero se evita el encuentro: âE los dichos embaxadores estudieron allà fasta ora de mediodÃa, queâel Señor solÃa salir a plaça. E uno de los tres privados del Señor veno a los dichos embaxadores e dÃxoles que se fuesen, que no podÃan estar con el Señor, que se sentÃa mal. E ellos se venieron a sus posadasâ22.
El dÃa siguiente, domingo, 2 de noviembre, los embajadores insisten. Tanto es asÃ, que su obstinación llega a irritar a los servidores más cercanos al Emperador (âmirazaesâ o âmirazasâ, el escalafón siguiente a los âprivadosâ). El cierre de las puertas a los embajadores va intercalado con notas que insisten en la creciente debilidad de Tamorlán: âE esto fazÃan los mirazaes por cuanto el Señor estava muy flacoâ. Su enfermedad, que harÃa temer lo peor, explicarÃa para el relator el estado de agitación y nerviosismo en la corte: âe toda su gente e casa e mugeres andavan con grand rebuelta, que los sus mirazaes que libravan su casa, asà como de consejo, no se asentavan a librarâ23. Unos párrafos antes, al hablar de las órdenes para la construcción de la mezquita, ya se informaba de que, incapacitado, tenÃa que ser trasladado en andas: âE el Señor era ya flaco e no podÃa andar por su pie ni a cavallo, salvo en andasâ24. La previsión de un posible desenlace próximo explicarÃa en parte la demora y el aplazamiento de una respuesta oficial. Por ello, una vez más: âE los dichos mirazaes mandaron a los dichos embaxadores que se fuesen a sus posadas e estudiesen quedos fasta que los enviase llamarâ25. Tamorlán iba a morir, en efecto, pocos meses más tarde, el 17 de febrero de 1405.
Finalmente, se les ofrece â si bien resultarÃa una excusa difÃcil de creer â que la respuesta oficial les serÃa dada en el camino de regreso por el nieto de Tamorlán, âHomar Miraxanâ, nada menos que en Tabriz, es decir, a más de dos mil quilómetros de Samarcanda, al otro lado del mar Caspio26. Los castellanos replicaron a esto con franca irritación: âE los dichos embaxadores dixeron queâel Señor no les avÃa librado ni dado respuesta para el Rey, su señor, e cómo podÃa ser aquelloâ. Pero lo único que consiguieron fue la ratificación de esa decisión, planeada entre los consejeros de la corte: âE él les dixo que sobre esto no dixiesen más, que ya era acordado por los mirazaes que se aparejasen, que asà lo avÃan de fazer los otros embaxadoresâ27. El desprecio no afectaba sólo, en efecto, a los embajadores castellanos, sino también al embajador del Soldán de Babilonia, al del Emir de Karaman y a los embajadores de TurquÃa. En todo caso, las contestaciones airadas, subidas de tono â âcómo podÃa ser aquelloâ, o âde lo cual eran maravilladosâ, que leeremos a continuación â, escuchadas en la corte castellana, al regreso de la embajada, podÃan dar a entender el enfado y los conatos de resistencia por parte de los embajadores, y justificar la postura de los castellanos, sin otra alternativa, en aquellos momentos de franca impotencia. Por eso, el relator añade las últimas tentativas, por destinadas al fracaso que estuvieran, para tratar de impedir esa despedida arbitraria:
E los dichos embaxadores fueron luego al palacio del Señor e estudieron con los dichos mirazaes, deziéndoles que bien savÃan en como el Señor, por su boca, les avÃa dicho el juebes de antes que vinieran a él, que querÃa fablar con ellos e librarlos, e que agora, que avÃa ido a ellos un omne que les dixiera de su parte que aparejasen de andar de allà para otro dÃa, de lo cual eran maravillados28.
Eran intentonas finales que reclamaron en vano ante las puertas cerradas de la incomprensión de los cortesanos del Emperador: âE los dichos embaxadores, estando en esto, los dichos mirazaes les dixieron que no podÃan ver al Señor ni estar con él, mas que les cumplÃa partir de allà segund les avÃan enviado dezir, que ya librado les avÃa de lo que era acordadoâ29. SerÃa primordial la conveniencia polÃtica de que no se encontrarán allà ni cerca, en tierras mongolas, cuando se conociera la noticia de la muerte del Emperador, por la posible anarquÃa o desordenes que podÃan desencadenarse:
E esto fazÃan ellos porque el Señor era ya muy flaco e ya avÃa perdido la fabla e estava en punto de muerte, segund les fue dicho de omnes que lo savÃan de cierto; e que esta priesa les davan por queâel Señor estava acerca de la muerte, e porque se fuesen en antes que se publicase la su muerte ni lo publicasen por las tierras que fuesen30.
El martes, 18 de noviembre de 1404, es el dÃa en que se ordena a los embajadores castellanos partir de Samarcanda, sin posibilidad de réplicas, después de haberlos hecho esperar durante dos meses y medio. Tiempo que habÃa culminado en tres semanas de insistentes reclamaciones. Necesitaban, por otra parte, mantener el secreto de la muerte, para no entorpecer los preparativos de un posible ataque contra China, que se venÃa preparando desde habÃa tiempo. Los embajadores (no sólo los castellanos, sino los de Egipto y TurquÃa) no hacÃan más que molestar en aquella tesitura:
E este dÃa ovieron de partir de allà do posavan e fueron a posar en una huerta cerca de la ciudat. E con ellos el embaxador del Soldán de Babilonia, que posavan en uno, e la guarda que los avÃa de levar. E dixieron que descendiesen allÃ, e esperaron a los embaxadores de la TurquÃa.
E estudieron en la dicha huerta el dicho dÃa, martes, que ý llegaron, e miércoles e jueves; e viernes, que fueron veinte un dÃas del dicho mes de noviembre, los dichos embaxadores fueron juntos en uno, e partieron de aquà de Samaricante31.
3 El calendario de la fiesta frente a la cronologÃa del desaliento
El calendario del desencanto está marcado con las fechas exactas que acabamos de detallar: 31 de octubre, 1, 2, 17, 18, 19, 20 y 21 de noviembre. Pero esa cronologÃa del desaliento venÃa tras los apuntes señalados en otra muy distinta: la que jalona las fiestas y jolgorios en la corte de Samarcanda. Porque exactamente trece fiestas habÃan acontecido en el lapso de menos de dos meses: 8, 15, 22 y 29 de septiembre, 6, 7, 8, 9, 10, 13, 16, 17 y 23 de octubre. Fiestas puntualmente anotadas en el texto, protagonizadas por los cortesanos. Celebradas a propósito de los matrimonios de los nietos de Tamorlán, o con cualquier otra excusa. El relator no lo dirá, pero el lector deduce fácilmente, a tenor de tanta acumulación de excesos sin sentido, la desesperación de los castellanos. La continuidad fiesta [8 de septiembre a 23 de octubre] + falta de respuesta [31 de octubre a 21 de noviembre] conduce, en la secuencia del relato, a una inferencia analógica: fiesta = falta de respuesta.
Aunque lo sean todas, la primera explÃcitamente denominada en el texto como tal âfiestaâ, el 15 de septiembre, va a estar ya marcada por la crueldad y la violencia. Los embajadores no pueden asistir, por un problema con el intérprete, el trujamán, que se salda con que están a punto de apresarlo y castigarlo con la pena de la argolla en las narices, una pena que, por otra parte, se aplicaba igualmente en Europa, si bien por delitos más graves32. La segunda fiesta, una semana más tarde, el 22 de septiembre, con los embajadores por vez primera presentes, da la pauta de lo que significaba el desenfreno en los excesos etÃlicos, permitidos por el Emperador:
E aquà ordenó el Señor una grand fiesta, a la cual fueron llamados los dichos embaxadores; e se ayuntó mucha gente.
E en esta fiesta mandó el Señor que beviesen vino, e bevió él eso mismo, ca no lo han de bever en público ni en ascondido sin licencia dâél. E el vino dan ellos ante de comer, e dan a bever tantas vezes e tan a menudo, que fazen a los omnes beúdos; e no ternÃan que serÃa alegrÃa ni fiesta, si no se embeudasen.
El relator insiste en la exagerada ingesta de vino, que provoca una borrachera colectiva, y detalla, porque calcula la incredulidad de los oyentes del relato, los pormenores de esta liturgia:
E los que servÃan estavan los finojos fincados; asà como an bevido una taça, luego dan otra. E otro oficio no tienen sino, asà como acavan de bever una vez, luego dan otra. E desque uno es enojado de dar a bever viene otro e no faze ál, sino departir e beber. E no pensedes que uno ha de dar a bever a muchos, salvo a uno o a dos, por les fazer bever mucho más. E los que no quisieren tomar del vino, dizen que lo fazen en baldón del Señor a cuyo ruego lo beven. E aún fazen más, que dan las taças llenas, e no han de dexar vino ninguno en ellas; e si lo dexan, no le quieren tomar la taça de la mano, e fázenle tornar a bever; e beven de una taça una o dos veces. E si dixiere que beva aquel vino por amor del Señor o lo conjurare por la caveça del Señor, anlo de bever todo, que una sola gota no quede. E el omne que esto faze e más vino beve, dizen que es bahaduher, que dizen ellos por omne rizio. E el que refierta que no quiere bever, fázenle bever, aunque no quiera33.
Roxburgh certifica cada uno de esos pasos. Por ejemplo, el âbahaduerâ, traducido como âhome rizioâ o ârecioâ, serÃa como un âhéroeâ, que sale indemne del rito de paso:
Clavijo writes that the men who drank the most earned the title âbahaduherâ (the Persian title bahÄdur from the Mongolian word baÄatur meaning âheroâ) and that only after the drinking had ended was the food brought in. The feast culminated with the ambassadors being showered with silver coins (referenced in the Spanish as tangites; Persian tanka) and bestowed with ârobes of brocadeâ (ropas de camocán). Both practices â gifting guests with precious robes and strewing them with coins (the latter practice is termed nithÄr in Persian) â were time-honored traditions of the Islamic royal court34.
Las fiestas del 6 al 9 de octubre se dan en dÃas sucesivos, aunque se especifica que son diferentes, con frecuentes cambios de espacio35. Los pormenores descriptivos aportados por el relator castellano son, una vez más, precisos y valiosÃsimos para poder restaurar las fotografÃas de cada uno de aquellos momentos y lugares.
El sujeto es siempre colectivo en el texto: âlos embaxadoresâ, âlos dichos embaxadoresâ. Solamente en un momento, en Samarcanda, se singulariza a uno de ellos, precisamente Ruy González de Clavijo, cuando se indica, en la fiesta del 9 de octubre, que todos los castellanos fueron inducidos, casi obligados, a beber, pero que él se mantuvo firme en su sobriedad y se negó a hacerlo, pese a la insistencia de Cano, la primera mujer de Tamorlán, quien porfió largo rato con él sin poder creerse que no le gustara el vino:
E desque el bever duró una grand pieça, [Cano, âla mayor muger del Señorâ] fezo venir ante sà a los dichos embaxadores, e dioles a beber con su mano, del vino. E con el dicho Ruy Gonçales porfió una grand pieça por le fazer bever vino, ca no querÃa creer que nunca beviera vino. E tanto fue el bever, que sacavan delante dâella los omnes beúdos sobarcados. Esto an ellos por grand nobleza, e entienden que no será placer do no uviese omnes beúdos36.
El narrador no evalúa o juzga sobre lo acontecido en esos jolgorios, nunca expresa una opinión. Ese laconismo resulta desconcertante para el lector actual que puede dudar de la perspectiva moral con la que los castellanos enjuiciaban estos actos. Como apunta Roxburgh: âClavijo reports this excessive drinking and its practice across the male and female genders at the Timurid court without overt judgment. It is altogether unclear whether or not he viewed what he witnessed as scandalousâ37.
Sin embargo, y pese a esa falta de nitidez, parece claro que en la enumeración de sucesivos banquetes âdejan entrever el desagrado del relator, la contrariedad que producen en el espÃritu de los viajeros [â¦]; desde su posición, Clavijo no opina de lo que ve, solo muestra, pero al mostrar con tanta vehemencia, trasunta su pensamiento de agobio y perplejidadâ38. Ese âagobio y perplejidadâ se perciben, por tanto, no como expresiones directas de desagrado, como juicios o valoraciones, sino siempre a través de una ennumeratio acumulativa de elementos descritos. Evidentemente, los textos medievales otorgan una dimensión moral a la buena compostura en la mesa. El honor y la dignidad se aplican a muchos ámbitos de la actividad pública, entre ellos el de la convivialidad y el saber estar en torno a la comida y la bebida.
El recuento detallado y veraz de la sucesión perpetua de fiestas, en momento tan crÃtico, personal y polÃtico, para el propio Señor, el Gran Tamorlán, pero también para los embajadores y para el Imperio, se vuelve machaconamente repetitivo, exasperante y absurdo. La ingesta abusiva de todo tipo de viandas y el consumo incontrolado e indigno de bebida son signos metonÃmicos de grandeza y poder desmesurados. Al ubicarse al lado de otras muestras positivas de riqueza y fasto â comercio, monumentos, etc. â, el conjunto resultante produce una amalgama desconcertante, si no caótica.
Por consiguiente, se produce un contraste fatal entre la fiesta, que es ostentación, celebración, convite, espectáculo, etc., y su consecuencia que, en vez ofrecer bienestar, resulta ser todo lo opuesto, es decir, duelo, tristeza, congoja, etc. Es muy sugerente, y gráfica la comparación, propuesta por Béguelin-Argimón, con la leyenda de Alejandro Magno, que alcanza hasta el poema en cuaderna vÃa del Libro de Alexandre. La tienda que exhibe el emperador macedonio al final de sus dÃas como muestra máxima de su poder se convierte simbólicamente en una sinécdoque perfecta de su soberbia incontenible. Desde esa tienda recibe Alejandro, como hará luego Tamorlán desde su âordoâ (campamento de tiendas), las más lejanas y exóticas embajadas. La extensa descripción de la formidable e inacabable tienda de Alejandro en el poema parece anticipo alegórico y augurio de su muerte indigna, envenenado por los traidores39. La monumentalidad de Samarcanda, receptora de embajadas de todo el mundo, anticipará igualmente la culminación letal de la soberbia de Tamorlán, quien no se ha dignado a contestar a los embajadores, y será augurio de su pronto final.
4 La crueldad de Tamorlán: la orgÃa de las ejecuciones
Hay un capÃtulo crucial, en ese sentido, que marca quizás el punto de inflexión en la mostración de la figura de Tamorlán como Señor imperial, todopoderoso y bárbaro. El hasta el momento magnificente Emperador se vuelve un tirano cruel, sin paliativos, a partir del 10 de octubre, cuando en el trascurso de la novena de las fiestas apuntadas, en concreto la celebrada en honor a su nieto, se produce un episodio sobresaliente y llamativo40. Si nos atenemos al registro de mirada y juicio asépticos hacia emperador timúrida â sin alabanza explÃcita, pero tampoco condena moral alguna â, que es el que venÃa dándose en la Embajada hasta el momento, algunos de los componentes de este capÃtulo, que lo dibuja con tintes ya inequÃvocamente negros, tienen difÃcil ajuste y explicación.
Nos cuenta el relator que tiene lugar ese dÃa, por orden del Emperador, el traslado de un mercado de comerciantes a las afueras de la ciudad. Parte de la corte acudirÃa, encabezada por Saray Mulk Khanim (âCanoâ), su primera mujer, por Khanzada (âHusadaâ), su segunda mujer, y por otras muchas personas, cortesanos o no (âe otras grandes dueñas e cavalleros e otra muy mucha genteâ). Y acudirÃan los embajadores castellanos, como nos confirman igualmente tanto el texto (âa la cual mandó que fuessen los dichos señores embaxadoresâ) como otras fuentes externas que iremos anotando. El lugar escogido será el prado de Kan-i Gil, al este de Samarcanda, que ya nos ha sido descrito anteriormente, a propósito de las fiestas del 23 de septiembre, con más detalles y como un espacio fértil (âun rÃo e muchos arroyos de aguaâ), donde se habÃan llegado a instalar hasta veinte mil tiendas41.
Como ocurre en la presentación de otras fiestas, en esta se sigue equiparando el uso inmoderado de bebida con el jolgorio (âgrande alegrÃaâ). Son, además, las mujeres las que siguen bebiendo, como âel dÃa de antesâ, es decir, sin parar, su vino especial: âE este dÃa bevieron mucho vino e fizieron grande alegrÃa, e las dueñas bevieron asimesmo su vino, de la manera que lo avÃan bevido el dÃa de antesâ42. Algo que no resultarÃa en absoluto decoroso ni para Clavijo, que se mostraba abstemio ante la insistencia de la propia Cano, como acabamos de ver, ni desde luego para el dominico Páez de Santa MarÃa, otro de los principales embajadores, ni para el seguimiento estricto de los preceptos del Corán.
Se describe una tÃpica imagen de mercado medieval, oriental en este caso, aunque perfectamente podrÃa coincidir con la de otro europeo. Tamorlán ha mandado expresamente reunir a todos los âmenestrales [â¦] que en dicha ciudad estavanâ, desde vendedores de telas (âpañosâ) o perlas pequeñas (âaljófarâ), hasta cocineros, carniceros, panaderos, carpinteros, sastres (âalfayatesâ), zapateros, todos ellos acompañados de músicos (ministriles). Es decir, se trataba de trasladar a un mercado ubicado en las afueras de la urbe a los miembros principales de los artesanos agrupados en lo que el castellano medieval denomina âoficiosâ y a partir de finales del siglo XV âgremiosâ. Si van, además, congregados, pero en movimiento y acompañados de músicos y algún tipo de representación teatral o âentremesesâ, como también se indica, sospechamos que desfilarÃan como en las procesiones de muchas urbes occidentales, ya fueran de ceremonias religiosas o de actos celebrativos (recepciones regias, homenajes, etc.)43.
No podemos dudar de la veracidad de esta feria mercantil, celebrada en el ordo sobre los prados de Kan-i Gil. Roxburgh la ubica allÃ, y Kehren confirma su autenticidad y relevancia a partir del ZafarnÄma, libro VI, cap. XXV, y de otras dos fuentes persas. El ZafarnÄma atestigua precisamente la presencia de los de Castilla entre los embajadores invitados. Y otra de las fuentes habla de los embajadores de Egipto, con sus jirafas, igualmente mencionadas por el relator de la Embajada44.
Hasta aquÃ, lo aceptable y asimilable en la descripción de este ya de por sà singular evento de mercado de artesanos. Y, sin embargo, todo lo que sigue es absolutamente inusitado. Lo que en un primer momento parecÃa una salida festiva y bien organizada al exterior de la urbe se trasforma de repente en una terrible y se dirÃa que casi grotesca â por incomprensible â sucesión de condenas, seguidas de ejecuciones inmediatas y arbitrarias por parte del Emperador. Todas ellas crueles y cruentas, sin más razón de ser que el capricho despótico de Tamorlán.
La palabra clave en todo el pasaje será âjusticiaâ, que aparece repetida hasta siete veces en una página. âJusticiaâ es, en efecto, en su 5ª acepción del Diccionario de la RAE, âpenaâ o âcastigoâ, y en la 9ª, coloquial y desusado, âcastigo de muerteâ. Esta última es la que se usa aquÃ. Pero también se repite, hasta cinco veces, otro término: âenforcarâ (seis, si le sumamos âhorcaâ). Se hace justicia, se dice, pero se trata de una âjusticiaâ bien singular, con toda probabilidad y paradójicamente âinjustaâ a los ojos del relator y de sus receptores. El pasaje identifica sin paliativos a Tamorlán con un caudillo déspota, autoritario, sanguinario y brutal, al nivel de la etopeya que veÃamos que han trasmitido la historia y la literatura, popularizada en especial a partir del drama de Christopher Marlowe. Sin abandonar la seca concisión a la que nos tiene acostumbrados la Embajada, leemos la sarta de sorprendentes castigos que fue ordenando Tamorlán, como si de una interminable venganza tribal se tratara.
En contraste con la alegrÃa inocente de la feria mercantil, tal y como quedaba resumida en las lÃneas de introducción anteriores, el relator empieza aludiendo a la construcción premeditada de las horcas: âmandó el Señor hazer muy muchas horcasâ. El Señor, en las antÃpodas del Juez Supremo que separa las almas desde su trono celestial, dividirá entre buenos y malos, sin término medio: âdixo que entendÃa a unos hazer bien e merced, e a otros mandar enforcarâ. Y aquà empieza su rosario de sentencias, que se identifican con directas condenas, las que el texto llama âjusticiasâ.
Como primer castigo de ajusticiamiento manda colgar en una de esas horcas a su âdinââ (dinâ es âjuezâ, en persa), hombre hasta entonces de total confianza, que Tamorlán habÃa dejado siete años antes para hacerse cargo del Imperio, mientras se encontraba ausente, y que podrÃa haber actuado con algún tipo de prevaricación, según rumores (âdizen que uso mal del oficioâ). La decisión de Tamorlán sorprendió y amedrentó (produjo âgran espantoâ) a todos, por inesperada y por la cercanÃa del privado a su Señor: âE con esta justicia dâeste gran home fue toda la tierra en gran espanto, por quanto era home de quien él mucho fiavaâ. Pero una segunda âjusticiaâ, a continuación, será mandar ahorcar a un hombre de confianza o directamente subordinado al anterior: âE otro que librava por este dicho alcaide mandó dâél fazer essa mesma justiciaâ.
A renglón seguido, una tercera âjusticiaâ será ahorcar a un âprivadoâ, un tal Burunday Mirza (âBurodo Mirassaâ), que habÃa osado interceder por uno de los dos anteriores, ofreciendo a cambio de su perdón un buen rescate. Y una cuarta âjusticiaâ â y no será la última â la ejercerá contra un posible malversador de caballos. Esta última, por ejemplo, la explica perfectamente Kehren como castigo ejemplar por la violación de una costumbre mongola, de probable origen chino, según la cual el soberano confiaba a un vasallo un determinado número de caballos (u otros animales), que se le debÃan restituir cuando los exigiera, ni uno más ni uno menos45. En el pasaje que acabamos de citar, en efecto, se aplica el castigo a quien habÃa incumplido la restitución y roto el tabú de la exactitud numérica, en este caso de la cantidad precisa de tres mil caballos. A esa práctica se le conferÃa al parecer un carácter casi sacro. Y, asÃ: âfizo justicia de un gran home a quien dexó tres mil cavallos en guarda cuando de aquella tierra partió, e porque agora no los tenÃa todos, mandólo enforcar; e no le valÃa que dezÃa que no tres mil, mas que le darÃa seis mil si le diesse espacioâ46.
El relator de la Embajada, de hecho, volverá a aludir a esta cruel costumbre poco más adelante, cuando esté rematando su explicación final de los proyectos de campaña de Tamorlán contra China: âOtrosà el Tamurbeque tiene dados sus cavallos e gamellos e carneros en guarda por aquellas tierras, a cual mil, a cual diez mil; e si los no dan cuando demandan o le fallece alguno dâellos, no quiere otro pago, salvo tomarles cuanto tienen e encima, matarlosâ47.
Volviendo a lo que bien podrÃamos llamar âfiesta de los ahorcadosâ, el relator nos sigue contando cómo el Emperador, no contento con la aplicación de ese uso bárbaro, en racha ya imparable, ordena más âjusticiasâ (probablemente decapitaciones), pero ya no contra altos cargos, sino contra simples comerciantes (âtenderosâ), âzapaterosâ y otros, por haber vendido supuestamente demasiado caros sus productos: âE otrosà mandó fazer justicia de ciertos tenderos porque avÃan vendido la vianda más de cuanto valÃa de cuando él allà llegó; otrosÃ, de zapateros e borzeguineros e de otros oficiales, por cuanto vendÃan caras las cosasâ48. Este comentario final, al diferenciar entre el castigo a los nobles (la horca) y castigo a los villanos (la decapitación), parece querer decir que los menestrales fueron degollados o decapitados, y no ahorcados: âE la su usança dâellos es de cuando fazen justicia de algún home de honra, mándalo enforcar, e del home de baxo estado, degollar. E cuando a alguno degüellan, tiénenlo a gran mal, e a baldón lo han ellosâ49.
¿Qué sentido tendrÃa el recuento casi ritual de los pormenores de esa masacre encadenada de personas en principio inocentes, o al menos no manifiestamente culpables, dignas en todo caso de ser juzgadas por sus supuestos crÃmenes? Roxburgh, al glosar el episodio, deja algunos aspectos controvertidos en el aire:
Other events this day included the public execution of the mayor of Samarqand, named âDina,â and another man named âBurodo Mirassaâ (Burunday Mirza). Someone clearly informed Clavijo and his companions of the nature of the offenses for which âDinaâ and âBurodo Mirassaâ had been charged because these are presented at some length. Their public execution brought the political aspects of the quriltÄy into full light, to both the Turco-Mongols and the Tajik residents of Samarqand â executions normally took place inside the citadel. Turco-Mongols and Tajiks alike were called to the Kan-i Gil to show fealty to Timur and to honor the members of his extended family50.
En varias ilustraciones del ZafarnÄma, la biografÃa de Tamorlán, asà como en otros manuscritos de la época, se nos muestran unas ejecuciones aleccionadoras, contempladas por toda la corte, reflejando una realidad sobradamente constatada. Sin embargo, la asamblea de oficiales (quriltai) a la que Roxburgh alude, aunque probablemente justificara en su momento la acción, a mi juicio no justifica, o al menos no de modo plenamente satisfactorio, la enumeración en apenas un folio de manuscrito del texto de la Embajada de todas esas ejecuciones en cadena. Aunque estos castigos sumarios fueran habituales, tanto en Oriente como en Occidente, habrÃan de tener también un determinado sentido como lección, tal y como son presentados aquÃ, como epicentro y ocupando casi todo el espacio textual de la fiesta en el ordo, como si nada más hubiera ocurrido o nada más fuera digno de tan especial mención. Como lectores comunes, y aun tratándonos de poner en la situación de alteridad de un receptor medieval, nos encontramos ante la concentración de un muestrario más que de sobra representativo de casos atroces de aplicación de una justicia arbitraria, abusiva y reiterada, y, al cabo, depravada y execrable.
5 La tiranÃa abominable de Tamorlán y la justificación del fracaso de la Embajada
El relator se limita a contar los hechos de la manera más objetiva posible, con el mismo laconismo que hemos podido comprobar que muestra a la hora de enjuiciar el sentido y sinsentido de las interminables fiestas. Lo hace, de nuevo, sin opinar, sin expresar emociones (de desagrado o aversión) y sin evaluar moralmente la bondad o perversidad de los hechos. Sin embargo, pone el acento sobre algunos de estos actos, y en concreto sobre las ejecuciones sumarias, al acumularlas y aislarlas. El relator insiste y recoge como puntales sobresalientes del episodio esos castigos, que al fin y al cabo serÃan habituales, anecdóticos o nimios para el tirano Tamorlán. Pero Tamorlán aparece ahora, a causa de esa acumulación, irrefrenable, desbocado y, por tanto, especialmente abominable.
Tamorlán aparece reflejado como un auténtico tirano de la Antigüedad, como el Nerón despótico o el Herodes despiadado de la matanza de los niños inocentes en las tradiciones historiográfica, bÃblica o legendaria. Actúa como juez superior, pero se encuentra, como hemos comentado, en las antÃpodas del nuestro Juez Supremo. Su actitud se asemeja a la de algún rey bÃblico, igualmente tirano, como, por ejemplo, AntÃoco IV EpÃfanes, el seléucida contra quien se rebela Judas Macabeo en el Libro de los Macabeos. Cito especÃficamente a este rey, porque no recuerdo ningún caso bÃblico de torturas injustas, enumeradas acumulativamente, más explÃcito y patético, en ese sentido, que el conocido pasaje de II Macabeos, 7, 1â42, cuando se narran las torturas mandadas infligir por AntÃoco, ante sus propios ojos, a los siete hijos de una madre judÃa, uno a uno, con tormentos a cuál más terrible. En ambos casos nos encontramos con ennumerationes de predicados similares acumulados en pocas pero expresivas lÃneas, para caracterizar negativamente a un personaje, como cláusulas de evidencia haciendo el papel sustitutivo de lo que habrÃa de ser la etopeya en un retrato.
Es cierto que las alusiones o citas religiosas escasean llamativamente en el texto de la Embajada, pese a la presencia en la comitiva de religiosos, como el mencionado Alfonso Páez de Santa MarÃa, maestro en TeologÃa y fraile dominico, el primero de los tres embajadores cuyos nombres se citan en el texto (junto a Clavijo y Gómez de Salazar), propuesto incluso como redactor o uno de los redactores principales del texto51. Páez de Santa MarÃa, se muestra buen conocedor, además, entre otros muchos campos, de los ritos de la iglesia oriental, griega y armenia52. Tal vez se deba esa escasez a la sobriedad austera propia del relato del dominico, o tal vez a la adecuación a las necesidades de la prosa informativa y el decoro diplomático. En todo caso, si aceptáramos que podÃa estar latente una imagen bÃblica poderosa, la de un tirano tan cruel o más que Tamorlán como habÃa sido el mencionado rey AntÃoco, saqueador de Jerusalén, opresor maldito y supresor del culto religioso a Yahvé, estarÃamos ante la latencia de un subtexto (entre otros) que hablarÃan de justa rebelión y de liberación de un yugo insoportable por parte de un pueblo encabezado por caudillos valientes (en este caso, MatatÃas o su hijo Judas Macabeo). Con ese pueblo, judÃo originariamente o cristiano, sojuzgado, pero finalmente liberado en el vibrante relato de Macabeos, podrÃan haberse sentido identificados en sus pensamientos y en sus plegarias el grupo de embajadores cristianos, aquà humillados y aplastados por la prepotencia bárbara del timúrida53.
El emperador Tamorlán saca fuera de Samarcanda y conduce a territorio extramuros (in-civilizado, extra civitas), con la excusa de la feria de mercado, a todos aquellos sobre quienes quiere ejercer su particular âjusticiaâ. Resulta innegable, para oidores y lectores del relato de la Embajada, que Tamorlán ejerce esa justicia de manera despiadada, como habÃan hecho los más infames emperadores: Nerón, Herodes, AntÃoco, Cosroes ⦠Y el colmo de su crueldad es la humillación del ahorcamiento cabeza abajo. Todo ese universo puesto al revés, como los ahorcados boca abajo en esos juicios sumarios, remata grotesca y casi absurdamente â para nosotros y para los relatores, que no tienen calificativos para enjuiciarlo â la serie de micromundos de fiestas casi dionisÃacas enumerados en la Embajada, sin duda con hostilidad, reproche y rencor latente.
Aunque la discreción y la precariedad de recursos retóricos en la escritura de relatos de viajes no permitieran al relator o relatores de la Embajada explicitar emociones o estados de ánimo, ni personales ni de sus acompañantes, podemos ir captando progresivamente la frustración cada vez más notoria y creciente del grupo, y su angustia final ante la conciencia de que no iban a poder alcanzar los objetivos esperados, los que tendrÃan que haber conducido a que culminara con éxito su empresa diplomática. En determinado momento (un momento muy especial para los embajadores) y a través de lo que hoy llamarÃamos una visión grotesca de la realidad, el relato logra âevidenciarâ en un corto espacio textual toda una suma de acciones extremas reprobables, tanto las ligadas a la jovialidad forzada de las licenciosas fiestas, como las relacionadas con las ejecuciones sumarias oprobiosas por motivos injustificados. Es, dirÃamos, la otra cara de la maravilla: no lo admirable, sino lo censurable y punible moralmente; la faz oscura de lo extraño e insólito: la crueldad y la barbarie.
El relator trató de mostrar con fidelidad, intensidad y cautela diplomática la verdadera cara oculta de un Emperador poderosÃsimo y fastuoso, pero tiránico y hostil, con el que no se pudo negociar nunca. Y trató de convencer a sus receptores en Castilla â la corte de Enrique III â de que no habrÃa sido la incapacidad de los embajadores, que pusieron todo su empeño y hasta sacrificaron en muchos casos sus vidas en la misión, sino la degradación general, la decadencia y depravación visibles y tangibles de la corte, junto con la injusticia y crueldad de sus principales, empezando por el propio Emperador, las que impidieron a los fieles y perseverantes protagonistas de la Embajada rematar su esforzada empresa diplomática.
La edición castellana que seguimos será la de Francisco López Estrada, ed. Ruy González de Clavijo, Embajada a Tamorlán (Madrid: Catalia, 1999), basada en todos los manuscritos conocidos. En ella se citan, como prueba de la importancia y difusión del texto, las dos traducciones inglesas (1859 y 1928), dos rusas (1881, 1990), una persa (1958), otra turca (sin fecha). Finalmente, la francesa, que es la más reciente, magnÃficamente ilustrada, se debe a Lucien Kehren, ed. La route de Samarkand au temps de Tamerlan. Relation du voyage de lâambassade de Castille à la cour de Timour Beg par Ruy González de Clavijo (1403â1406) (ParÃs: Imprimerie Nationale, 1990); cuenta, además, con una anotación muy rica y útil.
Véase Miguel Ãngel Pérez Priego, âEstudio literario de los libros de viajes medievalesâ, Epos, 1 (1984), 217â239; Francisco López Estrada, Libros de viajeros hispánicos medievales (Madrid, Laberinto, 2003); SofÃa Carrizo Rueda, Derivaciones de una poética del relato de viajes (Kassel, Reichenberger, 2023) y Victoria Béguelin-Argimón, La geografÃa en los relatos de viajes castellanos del ocaso de la Edad Media. Análisis del discurso y léxico (Lausana: Sociedad Suiza de Estudios Hispánicos, 2011).
Para Constantinopla, véase el trabajo de Rafael Beltrán y Karolina Zygmunt, âLa doncella, el dragón y el brazo santo: mito y milagros de una reliquia de San Juan hallada en Constantinopla por los viajeros de la Embajada a Tamorlán (1403)â, en Jordi Redondo y Juan José Pomer, eds. Pietat, prodigi i mitificació a la tradició literà ria occidental, âClassical and Byzantine Monographsâ, 96, (Amsterdam, Hakkert, 2019), 9â31; y Rafael Beltrán, ââHincó los dientes y arrancó una astilla de la santa reliquiaâ: amenazas de desmembramiento de las reliquias sagradas, entre la Peregrinatio de Egeria (s. IV) y la Embajada a Tamorlán (s. XV)â, en Viajes, interacciones e identidades en el mundo antiguo y medieval, eds. Daniel Nieto Orriols y Pablo Castro Hernández (Santiago de Chile: GEIMA Historia Antigua Ediciones, 2023), 191â212.
Hay que tener en cuenta que el texto no hablará nunca de los mongoles como pueblo. De hecho, no utiliza más que en dos ocasiones términos derivados de âmogolâ. Habla en las primeras lÃneas, de que âel grand emperador e señor Tamurbequeâ toma el imperio de âSamarcanteâ y conquista âla tierra de Mogaliaâ y luego âla tierra de la India Menorâ, más otras tierras (Embajada, 77). âMogaliaâ se ha de referir aquÃ, por tanto, a una imprecisa Mongolia nómada, al noreste del imperio de Samarcanda. La segunda vez que el texto se refiere a âmogaliaâ es como lengua, afirmando que no se diferencia mucho de la âlengua persianaâ, aunque tuviera sus propios escribanos, que utilizaban la âletra mogalÃâ (Embajada, 241). Sin embargo, la lengua âmogaliaâ o âmogalÃâ (mongola) utilizaba una escritura derivada de la turca y, por supuesto, era totalmente distinta del persa.
Se reconoce esa primacÃa del texto como fuente primordial, en Beatrice Forbes Manz, The Rise and Rules of Tamerlane (Cambridge: Cambridge Univ. Press, 1989); y en Thomas W. Lentz y Glenn D. Lowry, Timur and the Princely Vision. Persian Art and Culture in the Fifteenth Century, Arthur M. Sackler Gallery Exhibition Itinerary (Washington: Smithsonian Institution Press, 1989). La otra fuente de información esencial, junto al relato de la Embajada, es el panegÃrico biográfico de Tamorlán que escribió Sharaf al-Din Ê¿Ali Yazdi (historiador y poeta coetáneo), el llamado ZafarnÄma (âLibro o epÃstola de la Victoriaâ). El texto de Yazdi es utilizado y cotejado por David Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrative of Courtly Life and Ceremony in Timurâs Samarqand, 1404â, en Palmira Brummet, ed. The âBookâ of Travels: Genre, Ethnology, and Pilgrimage, 1250â1700 (Leiden: Brill, 2009), 113â158, que es el más detallado estudio que tenemos sobre el relato que hace la Embajada de la vida de la corte y sus ceremonias en la Samarcanda del Gran Tamorlán. También Kehren, La route de Samarkand, se sirve con frecuencia del ZafarnÄma como fuente de referencia para su anotación del texto de la Embajada.
Victoria Béguelin-Argimón, âLa descripción de Samarcanda en la Embajada a Tamorlán: de la imagen visual a la imagen de poderâ, e-Spania, 37 (2020), 1â13.
Como Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 134, reconoce: âOccasional pieces of information about things seen by the Spaniards were clearly supplied later and then incorporated into the written document. Though it appears to be mostly a real-time narrative, written as a daily journal, the final text incarnates various temporalities, some of them retrospective. The order of happenings does not dictate the sequence of tellingâ.
Béguelin-Argimón, âLa descripción de Samarcandaâ.
Bernard OâKane, âFrom Tents to Pavilions: Royal Mobility and Persian Palace Designâ, Ars Orientalis, 23 (1993), 249â68.
Laura Carbó, âLa corte femenina de Tamorlán. Sensorialidad y poder desde la perspectiva de Ruy González de Clavijo (1403â1406)â, Mirabilia, 29 (2019), 147â179.
Embajada, 77â79.
Véase la obra clásica de René Grousset, LâEmpire des steppes, Attila, Gengis-Khan, Tamerlan, (ParÃs, Payot, 1965 [1939]); y la más reciente de Justin Marozzi, Tamerlane: Sword of Islam, conqueror of the world (Londres: Harper Collins, 2004).
Embajada, 249â252.
Manz, The Rise and Rules, 15: âThe tradition of the steppe favored the legitimation of personal power, glorifying the self-made man and seeing in a successful career of conquest and rule a proof of the favor of Godâ.
Christopher P. Atwood, Encyclopedia of Mongolia and the Mongol Empire (Nueva York: Facts on File, 2004), 541. Contrasta con esa visión negativa unánime, sin embargo, la de Ibn Khaldun (1332â1406), considerado uno de los padres de la historiografÃa y la sociologÃa modernas, que se entrevistó con Timur en 1401 y dejó trazado un retrato mucho más halagüeño, sobre todo de sus capacidades y sensibilidad intelectuales. Véase Tarif Khalidi, ed. An Anthology of Arabic Literature. From the Classical to the Modern (Edimburgo: Edinburgh University Press, 2016), 81â83; y Walter J. Fischel, Ibn Khaldun and Tamerlane (Berkeley y Los Angeles: University of California Press, 1952).
Manz, The Rise and Rules, 73: âIn Samarqand Temür staged a great khurïltay at which he received numerous ambassadors including some from China and the Spanish embassy of Ruy Gonzalez de Clavijoâ.
Embajada, 260. Como dice Manz, The Rise and Rules, 16: âAlthough Temur did not pretend to sovereignty beyond the borders of his conquests, in his reception of Clavijo he echoed the universalistic claims of the early Mongol khans, asking after the health of âmy son, the king of Spainââ.
Embajada, 260. Véase Kehren, La route de Samarkand, 207â212. Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 129â131, comenta el pasaje de la Embajada, reproduciendo la doble ilustración de uno de los manuscritos del ZafarnÄma, que mostrarÃa una ceremonia semejante.
Embajada, 307.
Embajada, 306.
Embajada, 307.
Embajada, 307â308.
Embajada, 308.
Embajada, 307.
Embajada, 308.
Embajada, 308.
Embajada, 308â309.
Embajada, 309.
Embajada, 309.
Embajada, 309.
Embajada, 309â310.
Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 129â134 y Kehren, La route de Samarkand, 214â215.
Embajada, 268.
Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 134â135. La costumbre de la ducha de monedas de plata, que comenta Roxburgh en la misma cita, corresponde a Embajada, 268. En las bellas ilustraciones de alguno de los manuscritos del ZafarnÄma encontraremos, si bien con poses y gestos delicadÃsimos, una posible traducción gráfica de estas fiestas de Tamorlán, tanto en palacio como en los alrededores de Samarcanda. Véase Rafael Beltrán, âLa fiesta de los ahorcados: paisajes de degradación, injusticia y crueldad en la corte de Samarcanda (Embajada a Tamorlán)â, en Viajes hacia Oriente en el mundo hispánico durante el Medioevo y la Modernidad. Retórica, textos, contextos, ed. Victoria Béguelin-Argimón (Madrid, Visor, 2021), 49â92.
Véase Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 138â146, y Kehren, La route de Samarkand, 218â230.
Embajada, 281. Llevar a los âbeúdos sobarcadosâ, es decir, arrastrar a los ebrios de los sobacos (so â brachium), es suficientemente gráfico del estado de embriaguez al que se podÃa llegar en esas fiestas.
Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 147.
Carbó, âLa corte femeninaâ, 157.
Juan Manuel Cacho Blecua, âLa tienda en el Libro de Alexandreâ, en Fernando Carmona y Francisco J. Flores, eds. La lengua y la literatura en tiempos de Alfonso X: actas del Congreso internacional (Murcia: Universidad de Murcia, 1985), 109â134.
Embajada, 281â284.
Embajada, 270.
Embajada, 282.
Estas procesiones de artesanos, con evidentes paralelos con las occidentales, han sido estudiadas, a partir de estas fechas, y tomando la Embajada de nuevo como una de las fuentes primarias, como exhibiciones de gremios (âcraft-guild displaysâ), por Bernard OâKane, âFrom Tents to Pavilionsâ. OâKane analiza una serie de celebraciones familiares o de recepción diplomática en las cortes de Tamorlán y de posteriores emperadores timúridas y mongoles, como, por ejemplo, la fiesta por el nacimiento y circuncisión del hijo de Abu SaÊ¿id en el año 870 (es decir, 1465â1466), donde: âThirty-two shops and workshops were opened [to view], and every craftsman was engaged in his own special trade, and those which necessitated movement in the plying of their trades, such as tailors, cotton pressers, carpenters, and ironworkers, were seen to be movingâ (254).
Kehren, La route de Samarkand, 319, n. 19. Añade, además, Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 147: âThe trade show inspired Yazdi, ZafarnÄma, 2: 427â34, to compose a long poem about the various skills on display thereâ.
Kehren, La route de Samarkand, 322, n. 19.
Embajada, 283.
Embajada, 323. La explicación de esos proyectos, en Embajada, 310â324.
Embajada, 283.
Embajada, 283. No muy diferente era esa distinción social entre el ahorcado y el decapitado en los reinos medievales. Véase Iñaki Bazán, âLa pena de muerte en la Corona de Castilla en la Edad Mediaâ, ClÃo & Crimen, 4 (2007), 306â352.
Roxburgh, âRuy González de Clavijoâs Narrativeâ, 147.
Embajada, 37â38.
Embajada, 166â167.
En otro lugar he comparado este episodio con el de la discordia entre los oficios de herreros y tejedores, que tiene lugar en la sección inicial de Tirant lo Blanc (cap. 41), la novela del valenciano Joanot Martorell, donde el tema de la justicia aplicada arbitrariamente en que se centra el episodio se trasforma, gracias a la ayuda del imaginario carnavalesco, en una grotesca fábula folclórica sobre una decisión injusta, pero inteligente: Rafael Beltrán, âLa discòrdia entre ferrers i teixidors al Tirant lo Blanc: entrades reials, imaginari carnavalesc i motius folklòricsâ, Tirant, 23 (2020), 1â56. El protagonista del episodio, el duque de Lancaster, actúa como un juez tan arbitrario y sanguinario como Tamorlán; los otros protagonistas son menestrales, como los del episodio de la Embajada: herreros y tejedores (pero en los capÃtulos colindantes aparecerán otros gremios); el ambiente en que se producen las ejecuciones es también el de una feria fuera de la ciudad; y, finalmente, todo concluye con un castigo exagerado y absurdo de inocentes (los juristas, que tratan de mediar en las disputas entre herreros y tejedores) en la horca, además sufriendo la postrera humillación de que el ahorcamiento se agrave colgándolos boca abajo o de los pies.